¡Feliz día de la Madre! ¡feliz día mamá! -se dice al unísono por todas partes mientras se destapan regalos, tintinean las copas y se come en familia en la calidez del hogar.

Ésta imagen bucólica, si bien no se materializa en todos los hogares, al menos parece constituir el ideal que mueve a las muchedumbres a comprar sus regalos, tener listos los “detalles” y expresar el “amor a mamá”. Aún si la cruda realidad nos muestra a las mujeres sometidas a violentas inequidades laborales y salariales, maltrato intrafamiliar, machismo y feminicidio; explotación doméstica, esclavitud sexual, instrumentalización comercial de su imagen, estandarización de su figura, control y dominación de su corporalidad, de su sexualidad y la enajenación de su individualidad.

Así se celebran cotidianamente la feminidad y la maternidad en éste mundo patriarcal, más allá de los días feriados para el mercadeo, la propaganda y la publicidad que hacen del “día de la mujer” y del “día de la madre” -entre otras fechas más-, sendos eventos comerciales.

Pero acaso ¿es con altos índices en las utilidades de los comerciantes y prestadores de servicios, que debemos medir la felicidad que necesita cada hogar, de la llamada eufemísticamente “Familia Colombiana”? ¿o es otra la concepción que puede responder al sentir y al clamor de nuestra sociedad?

Muy a pesar de los vientos que soplan desde la ultraderecha y amenazan con desatar la tormenta sobre los anhelos de paz del pueblo colombiano, la mayoría de voces celebran el crepúsculo de la guerra y cada día más manos se entrelazan, para construir juntas el alba de una Colombia capaz de dirimir sus conflictos por vías civilizadas.

En éste contexto de voluntades que se suman y se imponen poco a poco por sobre el miedo, el terror y el dolor; uno de los elementos esenciales para la reconstrucción y reconciliación nacionales lo constituye la recuperación de los valores, de las raíces y de los sentidos que fundamentaron la historia moderna de nuestras naciones.

Labor que le corresponde cumplir a la memoria, máxime cuando buena parte de la realidad desigual, inequitativa, injusta, violenta y opresiva de hoy se ha construido y reposa en el olvido, cuando no en la manipulación y tergiversación de la historia para instaurar una visión legitimadora de los valores mercantilistas, utilitarios y deshumanizantes que imperan actualmente.

Y en éste orden de ideas justo resulta pertinente rescatar la significación originaria del día de la madre, en momentos que damos como nación pasos decisivos hacia la superación de la larga noche de la violencia política en el país.

El día de la Madre surge como consecuencia de la proclama feminista por la paz y contra la guerra que hiciera un grupo de mujeres, en Norteamérica en 1870, en momentos que aún agitaban sus aguas las secuelas de la Guerra de Secesión, iniciada tras la elección de Lincoln como presidente y concluida en 1865 con el triunfo de la “Unión” de los estados del norte, sobre la “Confederación” de los estados del sur; que otorgó la libertad a los esclavos e impulsó la economía industrializada.

El gran reto durante la gestión del presidente Johnson, era la Reconstrucción Radical de un país devastado por la guerra civil, que se abría a la participación de la población afroamericana en los procesos electorales -gracias a la Quinta Enmienda- y la reacción daba rienda suelta a grupos paramilitares como el Ku Kux Klan, que arremetía contra el electorado negro para disuadir su participación y reposicionar las toldas de los Republicanos en las colegiaturas del sur.

Es contra estas amenazas a la paz que deciden manifestarse las mujeres feministas, quienes apelan a su condición de madres para plantear con radicalidad una visión de la sociedad y de las relaciones humanas, basada en lo que décadas más tarde se llamó la “ética del cuidado”, en oposición a la “ética metafísica” que caracteriza la mentalidad patriarcal. Por ello su proclama decía con contundencia:

“¡Levantense mujeres de hoy!, ¡levantesen todas las que tienen corazones, sin importar que su bautismo haya sido de agua o lágrimas!

“Digan con firmeza: ‘No permitiremos que los asuntos sean decididos por agencias irrelevantes”.

“Nuestros maridos no regresarán a nosotras en busca de caricias y aplausos, apestando a matanzas. No se llevarán a nuestros hijos para que desaprendan todo lo que hemos podido enseñarles acerca de la caridad, la compasión y la paciencia.”

Palabras más que propicias para la resignificación de nuestra vida, presente y futura, para contener a quienes buscan perpetuar la guerra como garantía de sus privilegios y para cosechar las transformaciones que el país reclama. Por ello hoy, el día de la Madre no puede ser una simple e hipócrita banalidad, sino una emulación de aquellas mujeres que asumieron con todo el peso y el valor político su rol de madres contra la guerra.

Que resuenen de nuevo sus voces diciendo:

“Nosotras, mujeres de un país, tendremos demasiada compasión hacia aquellas de otro país, como para permitir que nuestros hijos sean entrenados para herir a los suyos. Desde el seno de una tierra devastada, una voz se alza con la nuestra y dice ‘¡Desarma! ¡Desarma!’ La espada del asesinato no es la balanza de la justicia. La sangre no limpia el deshonor, ni la violencia es señal de posesión”.

COLECTIVO DE PRISIONEROS POLÍTICOS DE GUERRA DE LAS FARC-EP

COLUMNA DOMINGO BIOHÓ

La Picota, patio 4.

Bogotá D.C.

* Proclama feminista de 1870 por la Paz y Contra la Guerra. Julia Ward. Citada por Casa de la Mujer.

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