El 9 de abril es una fecha conmemorativa de particular peso y valor, tanto en la historia de Colombia como en la memoria de toda la nación, por lo cual, salir a marchar hoy es un sentir y un compromiso que convoca y moviliza a las multitudes a lo largo y ancho del territorio nacional.

Si bien las causas originarias del grave conflicto social y armado que vive el país son de índole económico, político, social, militar y con un componente internacional determinante gracias a la injerencia e intervención extranjera, principalmente norteamericana, en nuestros asuntos internos, la fecha del 9 de abril de 1948, día del magnicidio del gran dirigente popular de origen liberal, Jorge Eliécer Gaitán y el levantamiento insurreccional iniciado en la capital del país, conocido como el Bogotazo; levantamiento que se extendería como una violenta conflagración por todo el país, se tiene como referencia del inicio histórico del prolongado conflicto armado colombiano.

Allí se fincan las raíces y antecedentes históricos más inmediatos de la violencia que azota al país y que engendró el alzamiento insurgente que a partir de 1964, hasta nuestros días, ha respondido a la violencia oficial y al terrorismo de Estado, como acto de legítima defensa del pueblo ante el uso de la agresión y el crimen como forma de ejercer el poder por parte de la clase dominante.

Es por esta razón que la fecha mencionada está indisolublemente asociada a la figura y el legado de Gaitán. Puesto que su asesinato representó y aún hoy representa, el símbolo de la intolerancia, de la exclusión, del despotismo, la mezquindad y de la brutalidad que caracterizan a las élites gobernantes; capaces de los actos más viles y ruines para aferrarse al poder en la defensa de su status quo.

Pero así mismo la figura de Gaitán encarna los valores y los principios de la democracia, la paz, la justicia social, la igualdad y la defensa irrestricta del interés popular, del bienestar general y del decoro de un pueblo al que supo interpretar.

Paradójicamente, en el transcurso del tiempo se presentan giros absurdos que desdibujan la esencia de los símbolo y sus significados; máxime cuando se refiere a los de índole político. Y lamentablemente el caso de la figura de Gaitán y de su legado, que reivindicamos hoy, no es la excepción.

Ahora que el país abraza con optimismo la esperanza cierta de alcanzar la paz gracias a los Diálogos que se adelantan en La Habana, Cuba, entre el Gobierno del presidente Santos y la guerrilla de las FARC-EP, en torno a los cuáles se han aglutinado las grandes mayorías nacionales, con el respaldo de países hermanos y amigos, en medio del apoyo entusiasta de la comunidad internacional; los señores de la guerra afilan sus guadañas y emprenden una nueva y voraz oleada de violencia y terror contra el pueblo colombiano, sus líderes y lideresas, sus voceros, sus representantes, sus organizaciones y sus procesos de acción, movilización y lucha.

Decenas de asesinatos, desapariciones, desplazamientos, destierros, amenazas, agresiones, intimidaciones, atentados cubren de horror y de sangre el día a día de colombianos y colombianas que resisten con gallardía, dignidad y valentía ante el avance del despojo y el modelo de explotación neoliberal.

Pero lo paradójico y absurdo aquí, es que ése nuevo flujo del accionar paramilitar de la ultraderecha (los ganaderos, terratenientes, latifundistas, caciques políticos regionales y mafias del narcotráfico, con el apoyo de sectores de las fuerzas Armadas y el silencio cómplice e impune de las instituciones), se catapulta y promociona a favor de la guerra y en contra de la paz, arrebatándonos y tergiversando la imagen y el verdadero sentido que tiene para los colombianos la figura de Gaitán.

En el marco del reciente paro armado del paramilitarismo, llamado eufemísticamente Bacrim, la familia del propio mártir salió en defensa de su figura a impugnar su uso abusivo por quiénes se hacen llamar Autodefensas Gaitanistas de Colombia, AGC, y encarnan precisamente los valores contrarios a los que enarboló Gaitán, los intereses antagónicos de las clases populares a las que defendió el caudillo y que ahora, como en aquel entonces, fueron los autores y beneficiarios de la guerra en que sumieron al país.

La paz, la justicia social, la democracia avanzada, la inclusión, la igualdad, la soberanía y autodeterminación de los pueblos entre muchos otro principios son exigencias y necesidades estratégicas de las grandes mayorías de humildes y desposeídos, de trabajadores y trabajadoras del campo y la ciudad; de intelectuales, artistas, profesionales, estudiantes, desempleados, pensionados, agricultores, comunidades negras, palenqueras, raizales, Rom e indígenas, minorías sexuales y de género, y en fin, de millones de colombianas y colombianos que anhelan y merecen un país, una vida, un presente y un futuro distintos.

Por ello hoy más que nunca debemos ser consientes que para lograr la paz como estrategia, la única táctica posible, segura y viable que nos conduzca al triunfo es la Unidad. Sólo el unitarismo podrá vencer los últimos y desesperados intentos de la oligarquía violenta por perpetuar la guerra.

Colectivo de Presos Políticos de Guerra de las FARC-EP.

COLUMNA DOMINGO BIOHÓ.

Patio 4 La Picota.

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