POR: Gabriel Becerra /// Los tiempos y los espacios de la crisis sociopolítica colombiana vienen siendo cada vez más exigentes para la izquierda y las fuerzas alternativas. La evidencia y los primeros balances de las más recientes jornadas de lucha popular indican que en no pocos casos, la magnitud de los acontecimientos cargados de protagonismo popular alcanzó a desbordar la capacidad de orientación y conducción de la pluralidad de organizaciones existentes y sus direcciones.

La fuerza de la protesta campesina, minera, estudiantil que mueve la simpatía y solidaridad en amplios sectores urbanos y rurales constata en las condiciones de Colombia la emergencia de un Sujeto de cambio que aunque disperso todavía, puede llegar a constituirse en el motor principal de una alternativa de poder viable desde las clases subalternas. Objetivamente, ninguno de los reagrupamientos existentes alcanza a recoger la riqueza y el potencial del movimiento desplegado. El momento exige profundidad en los análisis, pero a la vez decisión y audacia en la iniciativa social y política de las izquierdas para superar barreras internas, reagrupar fuerzas y romper el control político de las elites tradicionales que buscan recomponerse.

Con el paso de los días el poder dominante busca dispersar el movimiento y desmontar sectores en conflicto. Aun así, éste poder ha sido obligado por la magnitud de los hechos a sentarse en mesas de dialogo con campesinos y trabajadores del campo en diversos lugares del país, lo que no le garantiza su desmovilización definitiva. En estas circunstancias, el desenlace de las jornadas iniciadas el pasado 19 de agosto está por venir y puede derivar en nuevas y mayores movilizaciones, en el contexto de un proceso de paz en curso cuyo contenido no se puede definir a espaldas de las exigencias populares y de un proceso electoral que deberá elegir los nuevos representantes del poder legislativo y el poder ejecutivo para los próximos cuatro años.

Objetivamente existen las posibilidades para abrirle camino a una fuerza social y política de izquierdas, en el marco de una gran Convergencia o Frente amplio, capaz de atraer otros sectores democráticos y disputar el gobierno y el poder al establecimiento tradicional que busca afanosamente su propia salida a la crisis. Una articulación inteligente, constructiva y respetuosa de la diversidad de procesos y acumulados de los principales factores de la lucha social y la lucha política institucional y no institucional puede ser posible.

Las circunstancias, sin afanes personalistas o de grupo, permitirían ir más allá de una tercería programáticamente diluida y condenada a ser vagón de cola de sectores comprometidos con la unidad nacional u oportunismos de diverso pelambre, y también ir mucho más allá de la meta importante pero insuficiente de sobrevivir bajo las reglas impuestas de una persistente democracia restringida.

Sería incomprensible que quienes terminen canalizando políticamente el actual estado de inconformidad, por falta de acuerdos, sean los sectores tradicionales y sus pretensiones reeleccionistas en cualquiera de sus fracciones. Algo así sería repetir en otras circunstancias y respetando los contextos, experiencias históricas como las vividas después del levantamiento del 9 de abril de 1948; la caída de la dictadura militar en 1957; la crisis del Frente Nacional después del paro de 1977 o el mismo pacto que represento la Constitución de 1991, hoy destrozada por el neoliberalismo, razón adicional para luchar unitariamente por un nuevo contrato social hacia la paz con justicia social, la democracia y la soberanía. Hay que pensar que ya llego la hora de que el pueblo colombiano cambie la historia a su favor.

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